miércoles, 12 de mayo de 2010

Vivo en una central de Telefónica

Desde hace algún tiempo el teléfono de mi casa se ha vuelto algo insoportable para mí. Vivo con unas ganas continuas de arrancarlo de la pared y tirarlo por mi terraza, para después observar cómo estalla tras caer desde una altura de 14 pisos... 

Le he cogido una intolerancia impresionante, y su simple timbre me cabrea. Y es que no es para menos. Estoy en plena época de exámenes, y tengo que dedicar todas las tardes a estudiar. Necesito concentración, silencio, tranquilidad. Y cuando estoy intentando ponerme a ello siempre pasa lo mismo...

No pasan más de 30 minutos en esta casa sin que suene el teléfono. Y no es algo que pase sólo por la tarde, porque a veces me quedo en casa a estudiar si las clases que tengo no son muy relevantes, y pasa exactamente lo mismo... Desde las 8 de la mañana no para de sonar el teléfono, y eso sigue hasta más o menos las 10 de la noche, sin respetar horas de comida o de siesta ¡O DE ESTUDIO!

Mi madre ha establecido un ciclo continuo de marujeo, en el que ella llama y la llaman durante todo el día para contar una vez tras otra la misma nimiedad, el último cotilleo. Dedica la mayor parte del día a lo que comunmente se llama "marujear", y cuando no está en casa... Sus amigas marujas siguen llamando, y tengo que levantarme entre 5 y 8 veces en menos de 2 horas a coger el teléfono. Porque ellas no entienden que si les digo "Mi madre no está, yo le digo que te llame" no quiere decir que llamen una y otra vez para comprobar si ya ha llegado mi madre. No entienden que si el teléfono da 5 tonos y nadie lo coge, es que deberían pensar que no hay nadie o que nadie quiere hablar. 

E incluso cuando mi madre está en casa, el teléfono es una pesadilla para mí. Mi madre y mi hermana, que son las que suelen estar en la hora punta de cotilleo máximo (es decir, después de los programas de cotilleo de por la mañana, y después del Sálvame por la tarde), pecan de un enorme gandulismo a la hora de ir a coger el teléfono, y soy yo, la que casi nunca lo usa, la que tiene que ir a cogerlo uuuuuna y otra vez. Y lo peor es que hay un teléfono inalámbrico en casa para que mi madre no incordie con sus llamadas, pero lo descarga enseguida de tanto que habla y es incapaz de volver a ponerlo a cargar... 

Y después así me va. Con un estrés contenido que va aumentando a lo largo de la tarde hasta niveles infinitos, discutiendo con mi madre día sí y día también al final de la jornada, porque no respeta mis horas de estudio con sus llamaditas y no le pide a sus amigas marujas que no llamen a esa hora, porque es incapaz de mantener un tono de voz bajo cuando habla, porque es incapaz de entender que tengo derecho a quejarme de eso y el hecho de ser su hija no significa que deba ser sumisa, obediente y conformista 100%.

Nunca fui amiga de las bibliotecas. No me va eso de que la gente me mire como si fuera a asesinarme por hacer el más mínimo ruido, además esos sitios me resultan demasiado sobrios e incómodos y me gusta estudiar con mi pijama puesto, sentada como me da la gana y comiendo si tengo hambre, bebiendo si tengo sed, diciendo en voz alta lo que leo si me da la gana. Pero me veo teniendo que cambiar de opciones.

2 comentarios:

Una mamá (contra) corriente dijo...

En mi casa los que llaman son los que quieren vender algo, siempre a las horas más inoportunas. No entiendo mucho a tu madre, esa es la verdad, pero hija, paciencia, no te queda otra.

Desi dijo...

jajjajajajja xDD En mi casa pasa lo mismo...menos mal que tienden a abandonarme por las tardes, últimamente...:P Biblioteca si se puede! xD